El último fin de semana fui a un antro.
Música electrónica, pop, y su área… latina.
Me volví loco cuando sonó el beat de reggaeton. Loco es loco.
No tenía tragos encima. Aprendí a disfrutar sin alcohol.
Eso es otra historia.
En la zona, encontré confraternidad.
Bailé con una chica española (de ahí me enteré que tenía pareja) y alguien un poco mayor, pero con alto sabor de caderas.
Los clásicos círculos de baile. Me metí al centro. Terminé en el suelo.
Encontré otro círculo. Entré. De nuevo al centro.
Baile pegado y explosión de risas.
Cualquiera hubiera pensado que estaba ebrio. Pero no.
¿Ligué? no.
Pero el baile sobró esa noche. De repente, se me hacía fácil acercarme a quien sea.
Esto te lo cuenta el mismo chico que de adolescente necesitaba cervezas para agarrar valor y hablarle a la chica.
Al final, no lo hacía. Terminaba con las ganas encima.
¿Y sabes? Esta vez fui espectador de eso que viví de chiquillo.
Hombres de todo el mundo (latinos, asiáticos, aussies…) se armaban mil mundos en sus cabezas, con sus cuotas de trago, solo para armar la estrategia de oro y acercarse a sus musas.
– Iré a fumar vape afuera. Así se me acercará. Tiene pinta de fumar.
– Le invitaré un trago del que está tomando. Esa será mi entrada.
– ¿Cómo le hago para terminar acostados hoy?
Buaaa. Mi modelo de negocio no solicitado es una manguera de agua fría para hombres en los antros.
Bueno, sigo.
Mil tácticas. Puro blablabla, y nada.
Vaya recuerdos de adolescentes renacidos, esta vez al otro lado del mundo.
¿Qué hacía yo?
Decir la verdad. Y la verdad es la fuckin verdad.
Recibí respuestas cálidas, bailes y rechazos.
Cuántas aussies me ignoraron esa noche eh.
Al final logré bailar con una.
Primera vez que bailo con alguien más alto que yo.
Y vaya. Que triste que decir la verdad sea lo original hoy.
pd: mira que pasa cuando compartes lo que te calienta. El calor del pecho digo. Si te calienta otra parte, manguera.
